Uno no se resigna nunca a lo que se pierde en el tiempo... Es la ley de la vida: tratar de retener aquellas memorias que nos resultan más preciosas: una determinada mirada, la risa franca de una niña, un paisaje o el olor que rompió “aquella” mañana de petit bonheur francés. Memorias que están retenidas en lo más profundo y cosidas a nuestras emociones más remotas. En realidad, eso es lo que somos, lo que va quedando de nosotros mismos.
En el anterior número de El Baluarte, “el pobrecito escribidor” intentaba retener una imagen, una mirada, que ya pugna por escapar tras ese tiempo. Los “pixuetos” somos muy evocadores, sólo hacemos falta dos para entrar...