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01 diciembre, 2014



BREVES .2

W. Benjamin: el genio malogrado.



No militó en el comunismo. Pero podría decirse que era un radical de izquierdas; y sin embargo, en la Escuela de filosofía de Frankfurt, se le criticó por no ser un buen materialista. Era imposible encasillarle. Se anticipaba: para él, hace cien años, "la salvación de la humanidad está ligada a la salvación de la naturaleza". O fue uno de los primeros turistas estables de Ibiza. Y expresó, que una infinita fatiga lo invadía.
Su ruptura con una teatrera, a la que los estalinistas llegaron a internar, por su salud; le llevó
a hipotecar su herencia y a malvivir de un sueldito que la "escuela" de Adorno, le proporcionaba. Se ve que, por ese lado práctico, no era enteramente judío. Su labor como crítico de arte o literario, y su teoría de la traducción, es capital en la cultura del primer siglo XX. Su huella no desmerece de Picasso en el  arte, o Einstein en la ciencia.
Se fue de la vida, al pie del Pirineo, y su nota de despedida a Adorno deja ver algo, como un fracaso, como una falla, de la humanidad. Ese: "donde mi vida va acabarse... y transmite mis pensamientos a mis amigos..." resulta terrible, es una forma de negación de lo humano, de la vida. A la que sigue la de Stefan Zweig, quien, a esa negación de la vida de Benjamin, añade la de su mundo, la del Mundo del ayer, la de la Europa que se va de su papel central en la historia. Las dos guerras significan realmente una forma de suicidio de Europa. Las muertes de Benjamin, Zweig, Machado o Lorca, son una  trágica metáfora de ese suicidio.

Europa condenó al ostracismo y abandono  a "los" Benjamin. Mientras -conviene volver a recordarlo,  ahora mismo-, se dejó arrastrar por el triunfo de "los" Hitler. Un estrabismo muy caro: Cincuenta millones de muertos, más o menos.

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